La gravata
por Luis Valls Mendibehere
Que abajo de la boina tenemos un sumidero. Cuando el cristiano anda derecho pisa firme y, hasta en lo escuro, rumbea pa la tranquera. Pero al desquiciarse, se nubla de las vistas y, vive a los topetazos contra lo que sea. Y se desbarranca y se disgracia.
Paquito ha cumplido quince años. Los aires gaditanos le han regalado un tono cobrizo y una lengua decidora. ¿Su familia? Anzuelos y una red. Un tío, una navaja de Albacete. Quien lo ha hecho soñar ha sido el abuelo Estácio, portugués de Porto que, siguiendo una cabra, saltó la frontera. Había sido picaflor en sus mocedades y, ahora que al nieto el bozo le ensuciaba la facha, tuvo la ocurrencia de darle su mejor corbata. “Vais ofuscar muita moça...”, le dijo, con los ojos pícaros bailando. Paquito guardó aquello con un cuidado que causó risas.
Después, el Mediterráneo tiró fuerte. Los relatos de los marinos y el prestigio del que estos disfrutaban fueron gancho poderoso, así como las maderas con olores remotos, velas, anclas y aparejos, que formaban en su mente emblemática colección para el destaque viril. Así Paco se hizo a la mar, donde se enredó en aventuras; también se curtió y fue creciendo por dentro.
Los vientos lo desembarcaron en Uruguay. Venía de un pago marinero, cerca de donde los toros se han criado para diversión. ¿La tierra? La veía sólo al bañarse; y eso, sin abuso... Brazos encordados de cinchar cabos, ojos morunos, un copete negro en la frente, como de jaca andaluza, y una boca que al levantar el telón en sonrisa, parecía haber comido un clavicordio. Llegó enmadejado en jarcias y se enredó en trenzas, aquerenciándose. Había sido jaulero el hombre. Cecilia, una criolla de ojos glaucos, lo embobó y le cortó las alas. El pájaro se afincó y con unos riales, apretados en varios viajes, compró un campo de regular para abajo. Allí el casal levantó el nido y empezaron a desgranar pichones. Había que deslomarse trabajando para cargarles el buche y empilcharlos.
Era un campito ovejero, tupido de piedra y así andaban, con la perrada entre los cerros, juntando majadas. Meta herrar matungos, para que no se espiaran.
Francisco era de a caballo: desde gurí le había voleado la pata a buenos pingos. En El Soldado, departamento de Minas, se hizo baquiano en lidiar con el ganado; aprendió a entreverarse en los corrales, a curar abichados y capar a diente, si era necesario. Conoció los lujos camperos y le gustaba lucirse con un pial de volcao que era raro que fallara. Se hizo de una tropilla de gateados que él mismo amansó y había que ver la boca de esos animalitos, que respondían a la rienda como pato al arriador.
Un día Mandinga metió las patas y la taba del andaluz se empecinó en el culo. Nada le salía derecho. Una vuelta fue un cable de “alta traición” recién estrenado por aquellos rumbos que le terminó un galope, sentándolo en un bajo con el testuz morado por el encuentro. De otra, un toro tuerto le guampeó el mejor flete y se lo estropeó para el resto de la cosecha. Las desgracias se vinieron en rosario.
Unos compatriotas lo embalaron con un negocio que, según ellos, sería redondo: una explotación minera, en un paraje solitario de la costa uruguaya, Punta del Este. Hablaban maravillas de la turba carbonífera, que se daba generosa en aquellos parajes. Francisco empezó a averiguar lo que podía pedir por su campo; sólo que se allegó a informantes mal rumbeados, que no estaban al tanto del valor de la plata por esos días. Presumido de conocer de números, hizo sus cuentas.
Un orejano más en el rodeo de los días; Francisco, ya liberado de botas, medias y poncho patria, en la cocina junto al fuego, calienta los pies en Falucho, perro misturado de quién sabe qué con foster, y de ahí, especial para los bichos.
El andaluz observa cómo los cristales empañados de la ventana filtran los rayos de un sol debilucho, que lucha por abrirse camino en el gris. El cuzco se relame complacido, menea un toco de cola y enseña los colmillos en mueca servil. El hombre refriega los pies en la pelambre del animal, con la bombacha remangada hasta la rodilla, ostentando su patizamba estampa de domador.
La friega se interrumpe porque el hombre vuelca un chorro generoso de brasilera en el agua de cebar, el perro manotea panza arriba hasta que queda inmóvil, y endereza las orejas expectante. De pronto, se incorpora y gana la puerta. Es que Cecilia ha desparramado huesos en una batea, y el hambre le gana al mimo.
Pancho se corre para la pieza grande y busca en un recoveco del ropero. Se lustra las manos, por quinta vez en la bombacha, y saca un trapo colorinchudo y sedoso, con un esmero digno de la matrona más pulida. Lo extiende en la cama, donde un jirón de sol entra por la hendija, y relumbra como si estuviera vivo. El recuerdo del abuelo portuga se le escurre de la mollera al corazón. De aquel cumpleaños, cuando mocito. Los años habían pasado y nunca encontró ocasión de estrenar la “gravata”: casorio no había habido; fue un arrimarse y arracimarse... Tampoco habían encontrado tiempo, o tal vez ganas, de cristianar a los gurises. Ni tan siquiera se la había probado. Había aprendido toda clase de nudos, marineros y camperos, pero ese requinte ciudadano no era conocido en el pago. Sueña con andar derecho en los negocios, y poder lucir un día como la foto de su padre; y también retratarse él y pasar la idea para adelante. ¡Que los de su tierra no habían nacido para pordioseros!
Vuelve a la cocina y se afirma en una banqueta, abrazado de una jarra y un vaso.
--¡Qué mala sombra tienes, mi niña! --dice sonriente, en cuanto escancia el vinillo--. Pareces mi tío, el fraile de San Fernando, amargado por tanto renunciamiento.
Cecilia protesta, acaba desembuchando: la razón de su fruncido anda por el lado de los negocios. Esos cambios no la convencen. Ella es serrana de nacimiento y, según ha oído, la costa es diferente. Además, no entiende de negocios; su vida es el campo, y el hijo que lleva dentro la hace retrechera para la aventura.
--No te preocupes mujer --dice él, con pose de jarana--. Que esos tíos conocen lo que se traen. Eso, en España, es tiro seguro.
La mujer refunfuña, continúa cocinando. Unas hebras blancas le están clareando el pelo. Sus ojos verdosos miran hondo y así su blancura, como algo felino en sus movimientos, trae a mentes una gran garza. Los choclos amarillean en la olla, y un puchero de oveja gordo que se cuece al lado, perfuma el local. Dos gurisotes de pata peluda revolotean cerca de la madre, en idea de ensartar con sus cuchillos algún anticipo de almuerzo. Afuera, junto al rancho, tres gurisas chicas juguetean con unos trapos cosidos, que quieren ser muñecas. De vez en cuando, cachetean fastidiadas a unas gallinas que picotean el piso en torno a ellas, en búsqueda alocada de maices.
Un ruedo barroso con cinturón de alambre, bien tapizado de bosta fresca. Un sol agurisado que se esconde y asoma entre las nubes. El frío, que se adentra en las osamentas, lleva a los criollos a taparse con un traperío abigarrado. La caña y el mate calientan por dentro y estimulan la conversa de los mirones o el griterío de los que trabajan. Tortas fritas, pasteles y asados con cuero van templando los estómagos y alegrando corazones. Se escucha un cantor que, acompañado de viola, hace maravillas para levantar en el canto la lengua aplomada por el alcohol. Un concierto de balidos pone fondo a una orquesta criolla, donde unos bichos parlanchines, que chupan, churrasquean y montan, son los directores del acontecimiento. Los tales balidos reconocen una diferencia nítida: unos gruesos y sostenidos, de cornúpeta grande y otros más agudos, algo chillones y de menos aliento, de animalito con lana. Algún relincho destaca y habla de la presencia de un colaborador cercano del mentado parlanchín. Los de a caballo, bien metidos en lo suyo, disfrutan cuando bien montados, sujetando, escarceando y en alguna tendida, si un novillo pretende escapar.
En un aparte bajo un ombú, tres hombres prosean animados. Pancho, que está en el grupo, se ha abancado en un tronco mocho y allí escucha con atención. Se lo ve enfundado en un poncho patria, bastante trillado, que deja asomar un par de botas bien lustradas. En el cuello, un pañuelo blanco contrasta con la negrura de su sombrero andaluz, de ala ancha. Un criollo recostado al ombú, con una porra blanca encaracolada y rebelde, luce un atuendo de gringo que remata con unas polainas coperas. Con un cuchillito corto escarba los masticadores, para desprenderse del recuerdo del asado. De pie y gesticulando se ve un criollo acajetillado, con empilche ciudadano, en que contrastan botas y sombrero aludo. Tiene el sombrero en la mano y lo usa para reforzar los dichos, con amplios movimientos. Se le ve la pelambre, lustrosa de brillantina, y un bigotito que le da un aire afeminado. Sus manos venden que nunca agarró azada y los otros lo filian en cuanto se gasta en una agitación, como de sentado en hormiguero. Llega un punto en que el cajetilla se sosiega y mira a Pancho, esperando respuesta. Este escupe de colmillo sobre un cardo, se endereza y tiende la mano al de la porra blanca, que la recibe y la aprieta murmurando algo y mirando fijo.
En la cocina de El Andaluz, Cecilia y Alejandro, el hijo mayor, despuntan una charla dolorosa. La mujer, de pelo revuelto, tiene los ojos reventando de llanto. El hijo la consuela abrazándola, ella hipa atragantada.
Alejandro ha dicho:
—No soy quien para condenar a Tata, pero El Andaluz vale mucho más de lo que le van a pagar. Nos va a escasear la plata y no dará juego para los negocios... Lo informaron mal, quién sabe si acomodados con los otros. Ahora, papel pasado no hay...
Afuera, en el patio, Pancho camina como animal enjaulado. Pita un chala, con desesperación, en cuanto campanea las estrellas. Una vena, como meñique, se le dibuja entre una ceja y el pelo. Metió la de caminar hasta la verija y no se lo perdona. Se le figura el semblante del padre muerto, proyectado en el cielo. Y le parece oír: “la palabra, Paco, la palabra...” Es un mandato ancestral, que obliga y no da juego. Le quita el coraje de fallar y seguir mostrando la cara.
Una cerrazón espesa invade su entendimiento, que pensamientos como manotazos buscan despejar. Al final, un hilo de luz, una manera de cuerpear, de escurrir el bulto en solución renga: él no faltará al tal mandato, no estará para decidir. Cerrará la baza y pasará la mano a los suyos.
Una semana de cavilaciones sin descubrir otro rumbo. Frente arada por la desdicha. Ojos escondidos entre bolsas, fijos y vacíos. Barbilla tembleque que dice sí al no. Pies imantados al suelo, como alma en pena, en un arrastrar desconforme de alpargatas. El cuero es el mismo; pero, adentro, Pancho se apagó. Del galponcito ha barajado, con dedos que fueron hábiles, un lazo fino, viejo compañero, y camina con él hacia la arboleda dando la argolla contra el suelo. En el pecho, hecha chorizo, culebrea en rojo “la gravata”. Un nudo firme la va a sujetar. En su penumbra, busca las estrellas. De La Polar a La Cruz del Sur. Y su mente por ella trepa despegándose del aullido de Falucho... Después, el campo y los cerros tiesos.
(Este cuento obtuvo una de las menciones del Quinto Concurso de Cuentos Gauchos, para Ediciones de la Patria Gaucha, propiciado por la Dirección de Cultura de la Intendencia de Tacuarembó, en febrero del 2007.)
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