El otro muerto
por Luis Valls Mendibehere
“… ve en el espejo que alguien ha entrado. Es la
mujer de pelo rojo; está a medio vestir y descalza y
lo observa con fría curiosidad.”
Jorge L. Borges
mujer de pelo rojo; está a medio vestir y descalza y
lo observa con fría curiosidad.”
Jorge L. Borges
—Que no hay enemigo chico —decía un viejo en mis pagos—. En esta vida, naides debe facilitar.Un día cuereás un tigre muerto a puñal y al otro te entra el sueño y un carancho te lleva las vistas…
1.
Dos yuntas de horas se fueron, desde que el sol se escondió. Una luna lindaza, resplandeciente, alumbra un descampado en un rincón del pueblo. La arboleda bien peinada, por un soplidito suave, resguarda un lote de caballos ensillados, sujetos al palenque. A un tiro de lazo de éstos, un tostado de cola atada está maneado junto a un bebedero.
Más allá se distingue un rancho grandote, mayor que los de allí. Lo ilumina un farol bermejo que lanza destellos, llamaradas al relente, convidando al paisanaje a juntas de amor y jolgorio.
Desde el ventanal, se atisba un abigarrado grupo en movimiento. Rasgan una guitarra y la música pide campo, alegrando la noche.
Adentro, la reunión es animada. Un grupo de criollos menudea el trago en el mostrador, relojeando con disimulo desparejo a unas chinas pulpudas que, alineadas en un banco, esperan que se resuelvan. En medio del saloncito —que tira a ruedo— dos parejas abrazadas se sacuden al son del mandolión de un mulato, sin luz entre los cuerpos, en una penca donde la llegada está a la vista.
En la cocina, que comunica con el salón por un ventanal chico, de tapa corrediza, dos mujeres esperan que se cueza el pucherón que les ordenó un cuarteto mientras, en una pieza de los fondos, los fulanos se afirman en el naipe. En el entretiempo, una de ellas, morena añosa, se despacha en noticioso chimento, a informar a su compañera, venida de otro pago, los antecedentes de la doña que cuida el negocio. La relación, según se supo, vino más o menos así:
2
Sinforosa, Fora, le dice Bandeira, es hija de unos puesteros de una estancia del Salto, allá por las puntas del Daymán. Los dueños del campo, blancos de siempre, medio emparentados con los Saravia, se entreveraron en los líos del Quebracho. Azevedo Bandeira era hombre de Tajes, jefe del ejército colorado; sus hombres arrasaron la estancia del Mao Pelada, matando la gente y arreando la tropilla. Fora se salvó, había ido a colocar, con unos vecinos, la obra de las ponedoras.
Pasó el tiempo y, todavía muchacha grande, la recogió Bandeira un poco por lástima y bastante por voluntad. Allá por el 86 la llevó a Montevideo y la hizo mujer. Despuntaba buena moza, de tamaño regular, bien formada. Con ojos tristes color camalote, pelo de fuego, encaracolado.
Cuentan que Azevedo Bandeira es bayano, de Rio Grande, “gaúcho” como dicen ellos: campero y baqueanazo, muy de a caballo y sobrado de yeito para enlazar o bolear. Con ella ha sido corsario: después de desgraciarle la familia, la llevó con él pero la judiaza mucho. Nunca le compró pilchas buenas, eso que la estancia y el contrabando lo han llenado de patacones. La china estaba unida con unción al yugo de él, que en ocasiones la trataba como a perra.
Fora fue tirando, aunque rumiaba rabia. En el 87 Bandeira fue a Minas por negocios y la llevó con él. En una kermesse que hicieron para homenajear al nuevo jefe político, un tal Don Pepe, se destacó una moza de la sociedad que, disfrazada de gitana, le vaticinó al personaje que un día sería Presidente. Esa misma muchacha, le echó las cartas a Fora, dijo que veía sangre, un mozo joven que le arrastraría el ala, más sangre y al final, venganza. Fora salió de allí muy impresionada. Por varios días se dio falta de su lengua.
Cerca de fin de año apareció un porteño, un cajetilla joven que quería llegar a gaucho. A Benjamín Otálora, físico y coraje no le faltaban; le ganó al patrón el lado de las casas: se había apuntado alguna hazaña y se comedía para progresar. Alternó en distintos trabajos, en la capital y también en El Suspiro, la estancia de Bandeira en Tacuarembó.
A mediados del 94, Azevedo Bandeira se fue con Fora para el campo, y allí se instaló. Ella miraba al pueblero y lo veía crecer… Se acordaba de la gitana de Minas. Pero…, él se apuró demasiado y metió las zarpas por las pezuñas: se hinchó a lo sapo y se sintió importante…Empezó por bandearse en las órdenes recibidas. Salí bien para los intereses de Bandeira y éste miraba para el costado. Ahí empezó el atrevimiento: le voleaba la pata al reservado del patrón, ensillado con el recado de oro y plata en las cabezadas. La peor fue cuando con Fora hizo lo mismo; flete y hembra tenían la crin parecida… Ella lo provocaba, apareciendo liviana de ropas, donde se orejeaban carnes blancas y firmes.
No se contentó con eso: le empezó a dar por la caña y, cuando estaba medio nublado, se ponía cargoso y se hacía el poeta. Un día que andaba con los aires más inflados que buenos, lo escucharon decir esta coplita zumbona:
1.
Dos yuntas de horas se fueron, desde que el sol se escondió. Una luna lindaza, resplandeciente, alumbra un descampado en un rincón del pueblo. La arboleda bien peinada, por un soplidito suave, resguarda un lote de caballos ensillados, sujetos al palenque. A un tiro de lazo de éstos, un tostado de cola atada está maneado junto a un bebedero.
Más allá se distingue un rancho grandote, mayor que los de allí. Lo ilumina un farol bermejo que lanza destellos, llamaradas al relente, convidando al paisanaje a juntas de amor y jolgorio.
Desde el ventanal, se atisba un abigarrado grupo en movimiento. Rasgan una guitarra y la música pide campo, alegrando la noche.
Adentro, la reunión es animada. Un grupo de criollos menudea el trago en el mostrador, relojeando con disimulo desparejo a unas chinas pulpudas que, alineadas en un banco, esperan que se resuelvan. En medio del saloncito —que tira a ruedo— dos parejas abrazadas se sacuden al son del mandolión de un mulato, sin luz entre los cuerpos, en una penca donde la llegada está a la vista.
En la cocina, que comunica con el salón por un ventanal chico, de tapa corrediza, dos mujeres esperan que se cueza el pucherón que les ordenó un cuarteto mientras, en una pieza de los fondos, los fulanos se afirman en el naipe. En el entretiempo, una de ellas, morena añosa, se despacha en noticioso chimento, a informar a su compañera, venida de otro pago, los antecedentes de la doña que cuida el negocio. La relación, según se supo, vino más o menos así:
2
Sinforosa, Fora, le dice Bandeira, es hija de unos puesteros de una estancia del Salto, allá por las puntas del Daymán. Los dueños del campo, blancos de siempre, medio emparentados con los Saravia, se entreveraron en los líos del Quebracho. Azevedo Bandeira era hombre de Tajes, jefe del ejército colorado; sus hombres arrasaron la estancia del Mao Pelada, matando la gente y arreando la tropilla. Fora se salvó, había ido a colocar, con unos vecinos, la obra de las ponedoras.
Pasó el tiempo y, todavía muchacha grande, la recogió Bandeira un poco por lástima y bastante por voluntad. Allá por el 86 la llevó a Montevideo y la hizo mujer. Despuntaba buena moza, de tamaño regular, bien formada. Con ojos tristes color camalote, pelo de fuego, encaracolado.
Cuentan que Azevedo Bandeira es bayano, de Rio Grande, “gaúcho” como dicen ellos: campero y baqueanazo, muy de a caballo y sobrado de yeito para enlazar o bolear. Con ella ha sido corsario: después de desgraciarle la familia, la llevó con él pero la judiaza mucho. Nunca le compró pilchas buenas, eso que la estancia y el contrabando lo han llenado de patacones. La china estaba unida con unción al yugo de él, que en ocasiones la trataba como a perra.
Fora fue tirando, aunque rumiaba rabia. En el 87 Bandeira fue a Minas por negocios y la llevó con él. En una kermesse que hicieron para homenajear al nuevo jefe político, un tal Don Pepe, se destacó una moza de la sociedad que, disfrazada de gitana, le vaticinó al personaje que un día sería Presidente. Esa misma muchacha, le echó las cartas a Fora, dijo que veía sangre, un mozo joven que le arrastraría el ala, más sangre y al final, venganza. Fora salió de allí muy impresionada. Por varios días se dio falta de su lengua.
Cerca de fin de año apareció un porteño, un cajetilla joven que quería llegar a gaucho. A Benjamín Otálora, físico y coraje no le faltaban; le ganó al patrón el lado de las casas: se había apuntado alguna hazaña y se comedía para progresar. Alternó en distintos trabajos, en la capital y también en El Suspiro, la estancia de Bandeira en Tacuarembó.
A mediados del 94, Azevedo Bandeira se fue con Fora para el campo, y allí se instaló. Ella miraba al pueblero y lo veía crecer… Se acordaba de la gitana de Minas. Pero…, él se apuró demasiado y metió las zarpas por las pezuñas: se hinchó a lo sapo y se sintió importante…Empezó por bandearse en las órdenes recibidas. Salí bien para los intereses de Bandeira y éste miraba para el costado. Ahí empezó el atrevimiento: le voleaba la pata al reservado del patrón, ensillado con el recado de oro y plata en las cabezadas. La peor fue cuando con Fora hizo lo mismo; flete y hembra tenían la crin parecida… Ella lo provocaba, apareciendo liviana de ropas, donde se orejeaban carnes blancas y firmes.
No se contentó con eso: le empezó a dar por la caña y, cuando estaba medio nublado, se ponía cargoso y se hacía el poeta. Un día que andaba con los aires más inflados que buenos, lo escucharon decir esta coplita zumbona:
Cuando afilo mi facón
me esmero en sacarle brillo,
pa servir a mi patrón,
desguampando algún novillo.
pa servir a mi patrón,
desguampando algún novillo.
Ponía cara de sobrador, con un chala en el costado del hocico.
El mentado Otálora se quiso recostar luego a Ulpiano Suárez, otro bayano, capanga principal de Bandeira; le propuso quién sabe qué historias. Éste, que era leal a su jefe y astuto, le siguió la corriente para que abriera bien la boca.
Ese fin de año se festejó en la estancia y a Otálora se le hizo noche. Cuando terminaba el festejo, habían empezado a batir una campana y el porteño estaba en la hora de arrastrar la palabra. A una seña de Azevedo Bandeira, unos peones lo sujetaron sin mayor trabajo. El bayano hizo comparecer a Fora, a despedirse del mozo. Allí abrazados, Ulpiano despenó a Otálora de un tiro, no sin que antes el patrón le dejara el mensaje de despedida:
—Esqueceu o pai das gárgaras, seu porteño llagau; ¡creibas que me corrías con una flor pibuyenta!
Con el facón brillando en la mano, Bandeira sujetó a Fora de las trenzas y se las cortó de un tajo. Le dedicó una soba de azotera, que le dejó el recuerdo en el lomo por un buen tiempo.
Azevedo Bandeira perdonó la vida de la mujer. Eso sí, no la quiso más en su casa. Hombre de negocios, imaginó establecerla. Puso a Fora a regentear, con unas chinas que allí eran lujo, y él de vez en cuando concurría a recoger ganancias, controlar el patrimonio y despuntar el vicio.
Eso contó la morena, y hay quién dice no fue así; otras relaciones que se oirían dan para pensar que no debe haber sido muy distinto.
3.
Volviendo a la punta de la madeja, se encuentra a Fora en el cuarto con Bandeira. Es habitación de rancho, rústica y sin adorno; poco más de lo indispensable al caso. En un camastro grande duerme Bandeira, como Dios lo trajo al mundo. Se ve viejo, jodido, la porra alborotada, con una expresión de despojo humano contraria a su condición arrogante.
Fora hace memoria de los últimos años: recuerda que vio en Benjamín el medio para conseguir lo que pretendía. Por eso lo buscó, se ofreció y obtuvo que él la quisiera. No tuvo tiempo de convencerlo para ayudar en los planes; el porteño desdeñaba al bayano, por viejo.
Persistente, la imagen de sus padres muertos la persigue hasta en sueños. Piensa que los traicionó, viviendo con el culpable.
En el saloncito, entretanto, la jarana continúa. Ahora se ha agregado un viejito, más arrugas que pasa, que ni se molesta en quitarse el chambergo aludo. Hay que ver su figura, bombacha y botas, calzando lloronas que, al bailar, suman ritmo a la música y parecen pedir malambo.
Un pardo corpulento y desdentado aborda a una petisa de ojo revoleado y buena figura, abriendo los brazos como cura en misa.
—¿Cómo está pal largo mi prenda?
—Hasta aquí no es lejos —dice ella, arrimándose. Salen, hechos uno, culebreando rumbo a los fondos.
Una china aindiada, patizamba, responde al cabezazo de un tape que la convida a menearse con la polquita que recién arrancó. Al levantarse, arrastra el banco en que estaba sentada y suena un ruido como para confundir. El viejito, reclinado cerca en una banqueta, medio ladeado por el cuete, vocifera con voz chillona:
—Ese ternero bala por mi teta. --Con lo que provoca el estallido de hilaridad de los presentes.
Fora, en la pieza principal, cree escuchar la voz del padre, mandando:
—Refugame el carnero viejo, y lo carneás…
Boca entreabierta, jadeando con dientes apretados; el seno sube y baja detrás de la bata. Y ya no vacila. Saca de la mesita un facón caronero, y se abalanza encima de Bandeira.
—Esta te la manda tata, cascarria —dice en cuanto sume el cuchillo en el cuello del bayano. Y revuelve bien, adentro, asegurando la faena. Él no alcanza ni a gritar; apenas suelta un ronquido y sacude las tabas, despidiéndose del mundo.
Con ceño fruncido, serena, sale al campo y se allega al tostado de Bandeira, que resopla y se inquieta al verla. Lo acaricia y amansa, llamándolo bajito por su nombre. Cinchón y cincha, que el dueño ya había aflojado, se desprenden de un solo corte de cuchillo; con otro tajo, se sueltan las maneas y luego, con movimiento decidido, calza de abajo el recado entero y lo lanza al costado, liberando al pingo. Éste da un salto y dispara, mientras ella le grita:
—¡Andate lejos Aguará, hacete libre como güen oriental!
Un traqueteo de cascos y un relincho le responden.
Adentro, la gente se ha arrimado al cuarto y miran amontonados el cuadro que se ofrece.
Ulpiano, primero en enterarse, sacude la cabeza y convida a una chinita joven:
—Vamo embora Micaela, qu’ isso aquí vai feder…
(Este cuento obtuvo otra de las menciones del Quinto Concurso de Cuentos Gauchos, para Ediciones de la Patria Gaucha, propiciado por el Departamento de Cultura de la Intendencia de Tacuarembó, de febrero del 2007.)
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