miércoles, 7 de marzo de 2007

Despedida
por Pilar Chargoñia


Con un cansancio incalculable sobre el alma, Laura busca la valija nueva. Esa valija de color aceitunado, comprada especialmente para este fin de verano, escasos quince días de felicidad. Le pesan los brazos como si no le pertenecieran; sus movimientos tienen el automatismo de los dolores profundos, que nos marcan para siempre y no nos dejan reconocernos cómo éramos antes de sentir este desborde.
La ropa de él ya ha sido guardada en una maleta más pequeña y práctica —típico de Esteban—, donde cabe lo mínimo de un equipaje masculino despreocupado, elemental. Pero en la valija grande está todo lo demás: la ropa de los niños y la suya, los juguetes y este regalo de Esteban que no sabe todavía cómo interpretar. Sopesándolo en la mano, cree que no es la finísima porcelana que le fuera regalada como recuerdo de unos días bien vividos. Parece de hierro fundido, lastre de amor, agobiadora y densa estatuilla de absurda belleza.
La pastorcita tiene la cara triste y dulce de las muchachas púberes, la cabecita ladeada, llena de rizos —despeinados por el viento de las montañas—, la pequeña mano distraída... Mira y acaricia al corderito que se le acerca, mimoso, levantando hacia ella su diminuto hocico de animal desvalido. Laura piensa, acariciándola, que quedará hermosa duplicándose en el espejo, de marco de madera clara, que colgó encima de la cómoda antes de partir. Envuelve la figurita en su camisón sedoso y apenas estrenado, cuidando ubicar el bulto donde no pueda romperse.
Se le ha ido la mañana en la limpieza a fondo de la casita, en preparar la comida para el mediodía —el pollo está en el horno, la ensalada preparada y la fruta alcanzará justo hasta hoy—. Empacar las ropas, las cosas de tocador, los juguetes, fueron largos minutos lentos. Guardar la pastorcita duró una eternidad de emociones reprimidas. Piensa que los niños no podían haberse portado mejor. Imposible pedirles más.
Alejandra y Andrés han pasado la mañana en el jardín delantero. Están encantados con la casita alpina donde vivieron felices y libres, con toda la playa para ellos solos, a dos cuadras de distancia.
—Andrés —dice Alejandra—, ¿te acordás de Hansel y Gretel?
—¿Qué cosa? —Andrés frunce el entrecejo, reconcentrándose.
—El cuento. De los hermanitos. La madrastra los abandonó en el bosque. Ellos dejaron miguitas de pan para poder volver a la casa. Las miguitas se las comieron los pájaros... ¿Te acordás? —Alejandra adora a este hermano tan indefenso que ella tiene que cuidar. Solo tiene seis años, son pocos, realmente...
—¡Sí! —Andrés está radiante, la carita pecosa mira a la hermana con la veneración escapándole por los ojos castaños, de pestañas rojizas por culpa del sol de mediodía que asoma sus dedos curiosos por entre las ramas de los pinos—. Ellos encontraron una casita preciosa en el bosque, de chocolate, de caramelo, con mucho azúcar, y masitas, y...
—Esa misma. ¿Ves, Andrés?, se parece a esta.
Andrés mira por los ojos de la hermana y, claro, es la misma. Es una casita de cuento.
—Pero, Ale —él tiene ahora una pequeña reserva—, la casita del cuento se podía comer y esta, no.
—Sí, ya sé —Alejandra tiene gusto en explicarle que eso, en realidad, no importa—. Esta es de troncos que parecen barras de chocolate...
—¡Es verdad! —el asombro de Andrés complace a la mujercita-niña, brillan sus ojos verdosos en la carita seria.
—Y —continúa ella— el techo inclinado, así, de paja, parece... parece...
—¡Parece una torta de miojas! —grita el chiquito.
—De milhojas, Andy, milhojas... Sí, parece la torta de milhojas de mamá.
—Y las ventanas son como... ¿Cómo qué, Ale?
—Como masitas, con picaporte de alfajores. Y la puerta es como una pasta frola —ella también se ha puesto a soñar—. ¡Ahí están otra vez la Talía y el Chicho! ¿Por qué Esteban le puso ese nombre horrible al perrito? ¿Cómo puede decirle Chicho, Chicho, Chicho? Es un nombre espantoso para un perro tan feo.
—Más fea es la Talía, Ale. —Adoran a la perra pero saben muy bien que vale poco, más de uno se ha reído de esa cosa fastidiosa y amarillenta.
Al unísono, comentan:
—Pero se hicieron amigos y eso es bueno.
Los niños se miran y miran a los perros.
Los animales, sintiéndose observados, corren a revolcarse cerca de ellos, al sol y sobre el pasto deliciosamente húmedo, recién cortado. Después de sacudirse y refregarse entre sí, la Talía y el Chicho se miran amorosamente. Piensan que la vida en la playa, el sol, el pasto, la buena compañía... son una felicidad total. Emocionados de estar juntos, corren a ocultarse detrás de los matorrales de hortensias, cargados de flores rosadas y hojas carnosas.
Después de la comida, extrañamente silenciosa, han lavado los últimos trastos entre todos. Laura lava la loza y las ollas, Esteban seca parsimoniosamente, Alejandra guarda lo que ya está seco y Andrés, que ayudó a levantar la mesa, se aburre esperando que terminen.
Irán a la playa antes de partir. Será la última tarde y el niño se siente un poco apenado.
Plantaron la colorida sombrilla donde siempre. La playa tiene la resaca de todos los días, una fea línea ondulante a lo largo de la costa, incongruente como las uñas sucias en la delicada mano de una mujer hermosa. Pero el mar está de un color esmeralda, esplendoroso. Semeja una joya única y eterna.
Alejandra se acerca a la orilla. Hunde los pies dorados en el agua fría. Las olas pequeñas, piensa, tiene espumita de azúcar. Esa que se deshace en la boca. Es espuma blanca, aunque a veces, con el sol sobre el horizonte, es también espuma rosada.
Laura y Esteban, como delfines varados sobre la arena, están tirados al sol. Mirándose sin hablar. ¡Qué raro!, piensa Alejandra, ellos estaban siempre hablando y riéndose... Claro que se acaban las vacaciones, pero... Y yo, entonces, que tengo que volver a la escuela. ¡Ah! ¡Pero qué fastidio! Decide hacer un castillo de arena con un buen foso alrededor, para seguridad, bien profundo.
—¡Andy! —grita—. Vamos a hacer un castillo con...
Pero Andrés ha hecho un descubrimiento y está fascinado.
—¡Mirá, mamá, el globito que encontré! ¡Ale, mirá! ¡Hacele un nudo acá!
La voz de Laura suena con fastidio y asco:
—¡Tirá eso, Andrés!
—Pero es un globito. Con agua. Estaba en el agua. Y Ale sabe hacer un nudo...
—¡Que tires eso, Andrés! ¡Ya mismo!
Hay tanta repugnancia en el grito de la madre que el niño decide, por venganza, tirar el globito sobre el Chicho. El perro se ha cansado de corretear y duerme aplastado sobre la arena como una mancha blanquinegra.
Retorciendo los bordes gomosos con rapidez, mira a la madre seriamente, apunta hacia el perro con el brazo extendido y tenso hacia atrás. El impulso describe una parábola perfecta y cae exactamente donde él quiere. Bien cerca de la cabeza del perro, salpicándole el hocico al rebotar. La cosa esa ni siquiera revienta. El nudo provisorio se desenrosca y el globito se deshace. El Chicho se sobresalta, olisquea ese objeto extraño y se aleja de esos niños tan irrespetuosos del merecido descanso que le corresponde como animal digno y adulto.
—Ale —el niño recurre a su hermana con sus dudas—, ¿por qué se enojó así mamá?
—No ves que no era un globito... —con suficiencia, Alejandra espera que el hermano no le pregunte qué cosa era—. ¿No viste que tenía una forma bien rara?
—Sí, Ale. ¿Qué era, si no era un globito? Se podía llenar de agua y todo...
—No sé —Alejandra piensa y piensa pero no puede recordar haber visto nada parecido—. Pero si mamá dijo que lo tiraras, es porque era otra cosa...
—Pero, ¿qué...
—¡No seas pesado, Andy! Vamos a hacer un castillo con un foso.
El castillo no era gran cosa pero el foso les quedó fantástico. Ella cava profundo y Andrés hace todo más prolijo. Intercambiaron las tareas y quedó estupendo.
—¡Niños! ¡Nos vamos!
La voz de Laura es apagada y estridente, a la vez, como este ocaso en la playa. Es la tristeza de los últimos días de febrero, cuando el sol al ocultarse es más rojo y más grato y agobiante que nunca. Tiene una dulzura silenciosa que contagia al mar, al aire, a las pocas gaviotas perdidas. Silencio como música. Música de despedida.
Los perros corren por última vez al mar y pisotean el castillo, deshacen el foso, salen chorreando agua... Como bólidos húmedos y estremecidos de frío, vuelven a pisotear los restos de la arquitectura.
No importa. Alejandra piensa que después de todo es mejor así. Le dolería más dejar el castillo solo, sin nadie que lo cuidara del mar. Pero Andrés parece a punto de llorar. Ya camino hacia las dunas, no deja de mirar hacia atrás pensando que el agua de las olas hubiera llegado a entrar al foso si le hacían un túnel hasta la misma orilla. Bueno, seguro que ni Esteban —que hace casas y endeficios altos— habría logrado nunca hacer un foso tan bueno. Ni la mitad de bueno.
La noche en el balneario envuelve al mundo en un manto interminable, sin luna. Donde sobran las estrellas, de una belleza espléndida que nadie admirará.
Dentro del coche, en los asientos traseros, Alejandra y Andrés hablan en susurros. Los perros, echados lomo contra lomo sobre el piso, a los pies de los niños, parecen un mismo y enorme animal subdividido. Roncan suavemente, agotados del día de playa y de la noche insospechadamente movida, rota la rutina de los días felices con sus noches quietas.
—Andrés —la vocecita de Alejandra trasmite temor y sospecha—, creo que mamá y Esteban estarán crujiendo...
—¿Qué? —Andrés no comprende y se asusta sin saber de qué.
—Que estarán crujiendo, te digo. Eso que hacen la Talía y el Chicho, detrás de las hortensias. Nosotros los vimos.
—Ellos no hacen eso —el niño está seguro—. Eso lo hacen los bichos.
—Mamá también lo hace. Yo lo sé.
—¿Cómo sabés? ¿Los viste?
—No. Pero el piso del dormitorio de ellos hace ruido, de noche, cuando se mueve la cama. Estoy segura.
El niño no puede, no quiere creer en lo que oye.
—Ale —dice, convencido—, ¿verdad que el foso del castillo había quedado precioso?
Pero ella, acongojada más allá de las palabras, no contesta.
—Ale —insiste—, ¿verdad que quedó precioso?
—¡A la mierda el foso, a la mierda el castillo, a la mierda la casa de chocolate y estos estúpidos perros!
Furiosa, los patea. Los animales se remueven, cambian de postura, siguen durmiendo. Andrés cree que va a llorar. Pero se contiene. ¿Por qué no vienen de una vez, mamá y Esteban? Está oscuro. Quiero llegar a casa a ver televisión y jugar con el tren nuevo.
—Total —dice el hombrecito—, a mí este tipo no me gusta como padre. Es como de madera.
—Sería padrastro, Andy. Papá ya tenemos y estará en casa.
—No. No estará. Nunca está cuando estamos despiertos y todavía no es la hora de dormir.
Es cierto. Ella lo sabe pero no quiso decirlo. ¡Qué valiente que es Andy! Es chico y es más valiente. Y es verdad que Esteban es como de madera. Pero mamá nos explicó que ellos solamente eran buenos amigos... Como si nosotros fuéramos así de bobos...
Ese fue el trato, piensa Laura al acomodarse dentro del coche. Nada de amor. Fue una especie de juego propio de chiquillos tontos. Jugar a la familia feliz por quince escasos días. Y así como los niños fuimos de inocentes. Prenderé la radio, cualquier música viene bien en un momento como este. Esteban está silencioso, atento a manejar con un cuidado supremo. Los niños se entretienen con los jueguitos electrónicos. Yo prometí no llorar más. Como si se pudiera prometer algo así...
Al abrir la puerta del apartamento, de vuelta a la rutina de la ciudad, Laura se mueve con otro automatismo, con cierto envaramiento. Hay niebla en su cabeza. Los niños corren hacia el dormitorio, prenden el televisor y el ruido inusual invade el ambiente.
La perra, solitaria ahora, busca al compañero de sus juegos, con el estupor del sueño interrumpido. Ha sido llevada en brazos por Laura hacia el lugar que le era propio pero que ya nunca será el mismo. Busca al Chicho. Tal vez en la cocina. No. O en el patio trasero. Pega el hocico al vidrio frío. No. Tal vez arriba, donde los dormitorios. Por el resquicio de la parte inferior de la puerta del dormitorio de Laura se escapan olas de desconsuelo, a raudales. ¿Estará el Chicho ahí, buscándola a ella?
Mirándose en el espejo flamante, Laura se define. Mujer sola. Casada con marido reiterada y empecinadamente infiel, dos hijos, profesora de idioma español en tres colegios distintos. Imposibilitada de divorciarse por falta de coraje. Enamorada de un hombre nuevo. Soltero empedernido. Viajero incansable. Sensible a las despedidas y buen amante. A Esteban nunca le asomó a los ojos el niño que todos los hombres llevan dentro. Nunca le vio esa mirada implorante de cariño, de comprensión o de cualquier otra cosa. De los que se bastan a sí mismos. Esa clase única de hombres que no sobran sobre esta tierra... ¡Qué sentimiento tan vulnerable es el amor! ¡Qué inútil y desprolijo!
Abriendo la valija, desenvuelve la pastorcita de su ropaje sedoso. ¡Qué bonita que es! Hay, repentinamente, una estridencia de ruidos de vidrios rotos. El espejo, hecho añicos, devuelve fragmentos de Lauras distorsionadas. La pastorcita yace muerta entre los escombros, sin cabeza, sin manos, sin alma...
Y una perra, del otro lado de la puerta, aúlla de dolor, haciendo eco a esta angustia de amor no correspondido; a mi propio grito inarticulado, mientras me abrazo a mí misma sintiéndome tan sola. Sintiéndome tan sola. Sintiéndome tan sola.

(Cuento publicado en Ediciones de la Banda Oriental en el año 1998, por mención en el concurso de Cofac - Banda Oriental.)

Etiquetas: ,

0 Comentarios:

Publicar un comentario

Suscribirse a Comentarios de la entrada [Atom]

<< Página Principal