viernes, 23 de febrero de 2007

Presentación
Soy Luis Valls Mendibehere, montevideano con corazón campero. Me caracterizo por gustar de los idiomas, especialmente el propio, del que me siento perfeccionista.
Me lancé en el mundo de la narración escrita por un amor legado de padres educadores. En un comienzo, las intenciones no estaban bien definidas. Hoy, con tantos cuentos como años, rebeldes —los cuentos—, y un guión de cine, me asomo al ruedo de la web. Intento ver al hombre en todas sus posturas, erectas y maltrechas; en luces y sombras. No parpadeo en denunciar las flacuras humanas, ¡cuántas veces propias!, e incursiono en ángulos, perfiles diversos que me impiden reunir lo hecho en conjuntos homogéneos. La escritura como interpretación autoral; por su vez, el lector interpreta al intérprete. Es un intento de comprender la realidad, en el que el autor baja al tinglado, hurgando en su memoria y exprimiendo su imaginación. Un denominador común: el saborear el lenguaje, sus combinaciones, sus duplicidades. Y, por supuesto, la invocación inspiradora, desde los que se remontan a los orígenes literarios, a otros actuales, Rubem Fonseca, Vargas Llosa, Richard Ford, Ian Mc Ewan y también Paco Espínola, Ricardo Güiraldes; el cosmopolitismo de unos y la veta criolla de otros.
Blog, en su onomatopeya, me suena a inmersión o acaso a burbuja. ¡Al agua, pato!, entonces.

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sábado, 17 de febrero de 2007

CUANDO SÓLO ERA PRECISO QUE ESTUVIERAS
Domingo Mendívil

“No”, dijiste.

Levantas el pocillo de café y ves que una ligera hebra de luz destaca las venas de tu mano. Afuera, unos niños alborotan la tarde, corren, aplastan las hojas castañas que la brisa intenta mover.

Sientes la herida de la cautelosa tibieza del sol que traspasa el ventanal, dejas el pocillo y miras tu mano egoísta.

“No”. Una satisfacción nerviosa apenas atravesó entonces la toga impermeable a los sentimientos, esa fría capa con que sueles impedir la explosión desmañada de tus emociones: la justicia primó sobre la misericordia, la razón sobre el alma.

Terminas también este café. Alejas los pocillos y vasos sobre la mesa y extiendes tus manos para recibir los últimos arañazos del sol.

Al otro día ella no vino a tu lado en busca de un resquicio para penetrar en ti y amansarte, como siempre. Fue la primera noche en que no dormiste a su lado. La única.

Después vino todo lo demás: la desesperación, el refugio en la adormecida latencia de los recuerdos, los versos más tristes, levemente corregidos, dichos en soledad ante el cajón abierto.

Cuando todo hubo pasado se instaló la ausencia, llenándolo todo menos ese resquicio de tu interior que guardó para sí, en propiedad, la culpa.

Tus manos están frías. Piensas en ella. No estuviste a su lado cuando más lo precisó y ahora no está contigo. Tampoco tuviste su mano entre las tuyas, tibias, para que pudiera aferrarse a ellas o al menos supiera que estabas allí entonces, cuando sólo era preciso que estuvieras.

Lo peor es que su ausencia dejó de ser un desgarrado alarido que anulaba las tonalidades, una percepción continua en todos los espacios. Empezó a desflecarse de a poquito, a hacerse casi transparente y transformarse en una constante compañía que ya no abruma, ni tan siquiera incide casi en tu hacer cotidiano y sólo se refleja, de tanto en tanto, en recuerdos que buscas, cuidadosamente, entre los que puedan confortarte.

La culpa atenazó ese pedazo íntimo y has aprendido a convivir con ella. Ahora la necesitas. “Siempre estarás conmigo”, parece que te dice.

Llamas al mozo, pagas, te levantas. Ya se han ido los niños de la calle. Todo se prepara para esperar la noche. Cruzas la puerta y te vas.

Camina tranquilo. “La vida continúa”, te dijeron entonces. Tu vida continúa. Pensarás en la verdadera dimensión de las cosas.


(Del libro: Cuando sólo era preciso que estuvieras)

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FUEGOS ARTIFICIALES

Domingo Mendívil

—Yo iba a buscar el perro, que se me había escapado —dijo Pepe, y el policía lo miró serio.

Pero él no veía sus gestos, encandilado por esa lámpara que le daba directamente a los ojos y le impedía distinguir a quienes lo interrogaban, así que sin amilanarse, agregó, con irresponsable inocencia:

—Quiero aprovechar para hacer una denuncia por extravío. ¿Usted me la podría tomar, por favor?

Severo Fajardo se preguntó si no le estaría tomando el pelo. No iba a tolerarlo. Por algo tenía una foja de servicios sin tacha, en la que no aparecía ni un solo acto de corrupción; y eso no era una pavada.

Las declaraciones eran una cosa seria para el oficial Fajardo.“Para mí que éste es de los organizadores y tiene la declaración preparada. No hay con qué darles a estos revoltosos si están asesorados. ¡Abogados corruptos!”, maldijo.

Estaba un poco cansado de que siempre terminaran acusando a la policía de no prever esas pedreas, roturas de vidrieras y robos que se sucedían desde hacía algunos meses.

Todo había empezado con los fuegos artificiales y los cohetes. Cuando comenzaron a desplegarse las luces multicolores, Pepe había salido al jardín del frente de su casa para verlos y, tras él se había colado Comodice, un perro salchicha del más puro pedigrí. Un lujo, el bicho, y ¡lo bien que lo tenía Pepe!

El lío se había armado por culpa de la Mojarrita, que le dicen así porque sale con “medio mundo”. La loba había arrancado para la rambla, haciéndole una caída de ojos al Huevo, ese grandullón medio bobote al que doña Francisca trata como si todavía fuera un niño. Y el Huevo, a seguir a la Mojarrita, con doña Francisca atrás:

—¡Volvé, nene! —le gritaba a su hijo, un tremendo hombrón. Y él, vergonzoso y enamorado, miraba a la Mojarrita con ojos tiernos, y a la madre con indignación.

—Déjelo, doña Francisca, que ya es todo un hombre —parece que dijo la Mojarrita. Y doña Francisca, que es muy calderita de lata, se tragó la respuesta por un rato. Mientras tanto, el Huevo —al que en realidad el Pocho le había puesto Huevo de Heladera, porque estaba siempre en la puerta— se calentaba como si lo frieran.

Dicen que la que se prendió enseguida cuando vio a la gente del barrio, fue la Renée —el Pocho, siempre igual, le puso La Cumparsita, porque a pesar de sus años la siguen tocando—, dispuesta a llevar la práctica, una vez más, su refrán preferido: “A mar revuelta, ganancia de pescadores”. Y atrás el nabo del marido, y la madre llevando a rastras al viejo Asistencia Perfecta —lunes vino, martes vino, miércoles vino...—, que apenas podía mantenerse en pie.

Y no va a pasar que, justo cuando llegan a la puerta de la casa de Pepe, se escapa el Comodice, asustado por los cohetes, y él a correr atrás del pobre bicho, con miedo de que mordiera a alguien o de que algún auto lo aplastara. Era una noche preciosa, con el cielo bien estrellado. Daban ganas de pasear, así que la gente aprovechaba el calorcito y salía a callejear un poco. Para peor, acababan de terminar las clases en los liceos, y allí estaban toditos los gurises listos para la joda, y si hay bochinche, mejor que mejor. Así que de repente empezaron todos juntos a gritar contra el gobierno, el Fondo Monetario, el plan de enseñanza, el presupuesto; cualquier cosa les venía bien y se mataban de risa.

Había que ver la gritería que se armó. Se sentía de todo un poco:

—¡Presupuesto justo y libertad! —gritaba uno.

—¿Dónde hay un boliche abierto?

—¡Abajo el gobierno! —vociferaba una gorda sofocada por el calor.

—¡Abajo! —contestaba a coro la multitud.

—¡Largalo al nene o te mato, loca!

—¡Helado, palito helado!

—¡El que no salta es un botón!

—¡Sexo libre y pasta pura! ¡Sexo libre y pasta pura!

Con aquel griterío más la barahúnda de bocinas, cohetes y fuegos artificiales, ¡como para que el pobre Comodice oyera los reclamos de su amo...! Además, la situación está tan difícil y todo el mundo tiene algo que exigir, así que el grupo inicial de revoltosos fue transformándose en una gran manifestación, a la que se unía un gentío que llegaba de cada esquina y soltaba las consignas más locas. Para colmo de males, había paro de transporte, la gente andaba caliente desde temprano y no sabía contra quienes dirigir la bronca.

De pronto se vio a doña Francisca, desacatada, agarrando de las mechas a la Mojarrita, y a La Cumparsita sacándose de arriba al Asistencia Perfecta, que la celaba. De un empujón se lo sacó. Y claro, el viejo mamado se cayó sobre un puesto de venta callejera y lo rompió todo. Allí empezaron los trompazos y el relajo.

Lo peor es que al pobre Pepe lo vienen interrogando desde hace casi dos días, y parece que no le creen nada. El oficial Fajardo lo mira con cara de pocos amigos y se aguanta, pero vaya uno a saber por cuánto tiempo más; que el hombre es de los duros y tiene su temperamento, y cuando le da un golpe de temperamento, dice la Bombilla Tapada —su mujer— que se pone bravísimo y rompe todo lo que encuentra a su alcance; no, violencia doméstica no, explica, él conmigo es un corderito.

Y mientras tanto, el Comodice maldito no aparece.

Todo el barrio se movilizó para buscarlo, pero nada.

Al final, hay que darle la razón a la Ofelia, la madre de Bolsillo de Atrás —no sirve ni para rascarse las bolas—: que ni a la calle se puede salir para ver los fuegos artificiales.

(Del libro: Las princesas también hacen pis)

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PRESENTACIÓN DE UNA CIGARRA DE ESTE CORO

Soy Domingo Mendívil, un hombre mayor. Por suerte, ya que apenas dicen de alguien que es un menor todo se revuelve. Soy jubilado, leo con satisfacción y publiqué en el año 2003 dos libros de cuentos, de esos que no hacen historia.

Las princesas también hacen pis contiene ocho relatos de humor, que invitan a compartir vidas y destinos de personas para quienes lo asombroso es un dato común de la realidad. Como ocurre casi siempre, aunque no se vea. A este libro pertenece el cuento Fuegos artificiales.

Cuando sólo era preciso que estuvieras es un volumen de quince cuentos cuyos personajes comprueban su soledad y, a la vez, reconocen que necesitan ser auténticos y sólo pueden serlo con los demás. De ese libro se presenta el cuento homónimo.

Leo bastante y me propongo reincidir en la escritura. El propósito es persistente...veremos.

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lunes, 12 de febrero de 2007

Crónica de una muerte anunciada. Gabriel García Márquez

El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que atravesaba un bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna, y por un instante fue feliz en el sueño, pero al despertar se sintió por completo salpicado de cagada de pájaros. "Siempre soñaba con árboles", me dijo Plácida Linero, su madre, evocando 27 años después los pormenores de aquel lunes ingrato. "La semana anterior había soñado que iba solo en un avión de papel de estaño que volaba sin tropezar por entre los almendros", me dijo. Tenía una reputación muy bien ganada de intérprete certera de los sueños ajenos, siempre que se los contaran en ayunas, pero no había advertido ningún augurio aciago en esos dos sueños de su hijo, ni en los otros sueños con árboles que él le había contado en las mañanas que precedieron a su muerte.
(Crónica de una muerte anunciada, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2001, septuagésimo séptima edición)

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La metamorfosis.- Franz Kafka

Una mañana, al despertar de un sueño agitado, Gregorio Samsa se encontró en su cama transformado en un horrible bicho. Estaba acostado sobre la espalda, una espalda dura como caparazón y, al levantar un poco la cabeza, se dio cuenta de que tenía un vientre convexo, de color marrón, surcado por numerosas nervaduras. La colcha, que apenas podía sostenerse debido a la altura de este edificio, estaba pronta a caer, y las patas de Gregorio, lastimosamente delgadas para tan voluminoso cuerpo, se agitaban sin cesar ante sus ojos.

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domingo, 11 de febrero de 2007

Decálogo del escritor.- HORACIO QUIROGA

I.- Cree en un maestro – Poe, Maupassant, Kipling, Chejov – como en Dios mismo.

II.- Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en dominarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.

III.- Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.

IV.- Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.

V.- No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tiene casi la importancia de las tres últimas.

VI.- Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: “ desde el río soplaba un viento frío”, no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te propongas observar si son entre sí consonantes o asonantes.

VII.- No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.

VIII.- Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos no pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.

IX.- No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.

X.- No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida en el cuento.

( Horacio Quiroga: Todos los cuentos.- Edición crítica. Allca XX/Fondo de Cultura Económica)

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Carta a un joven poeta.- RAINER MARIA RILKE

París, 17 de febrero de 1903

Mi estimado señor:

Hallé su carta hace apenas unos días. Quiero darle las gracias por su gran afecto y confianza. Siento no poder hacer más; no puedo juzgar la forma de sus versos, porque la intención crítica está demasiado alejada de mí. No hay cosa más deficiente que tocar una obra de arte con palabras críticas: siempre van a surgir interpretaciones equívocas más o menos felices. Las cosas nunca son tan evidentes y claras como generalmente se pretende hacernos creer. La mayoría de los hechos no tienen explicación lógica; se cumplen en espacios en los que jamás entró una palabra; y lo más inexplicable de todo es una obra de arte, existencia misteriosa, cuya vida es eterna y opuesta a la nuestra, que se desvanece.

Después de esta advertencia, puedo añadir que sus poemas no tienen una forma propia, pero sí tienen un callado y escondido principio de personalidad. Con mucha claridad lo percibo en la última poesía: “Mi alma”. En ella, algo particular en usted quiere llegar a fundir palabra y música. Y en el hermoso poema “A Leopardi” toma cuerpo una especie de cercanía con aquel grandioso solitario. Sin embargo, estos poemas, aún no se mantienen por sí mismos; no tienen independencia; ni siquiera el último y el dedicado “A Leopardi”. La amable carta que acompañó sus poemas, me explica algunas deficiencias que encontré al leerlos, pero no puedo señalarlas.

Usted pregunta si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí. Anteriormente le preguntó a otros. Los lleva a las revistas. Los coteja con otros, y se preocupa porque algunas reacciones los rechazan. Entonces (como usted me ha permitido aconsejarlo) le suplico que abandone eso. Usted mira hacia fuera, y es precisamente lo que no debe hacer ahora. Nadie puede aconsejarlo ni ayudarlo, nadie. Solamente existe una manera: entre en sí mismo. Descubra el fundamento que lo lleva a escribir; investigue si tiene raíces en el lugar más profundo de su corazón; reconozca si para usted sería necesaria la muerte en caso de ser privado de escribir. Esto ante todo: pregúntese en la hora más callada de la noche: ¿ debo escribir?. Busque en lo más profundo de sí mismo la respuesta. Y si ésta es afirmativa, si enfrenta esta grave pregunta con un seguro y sencillo “debo”, siendo así, edifique su vida conforme a tal necesidad; su vida, aún en la hora más insignificante y pequeña, debe ser signo y testimonio de ese acto. Entonces, trate de expresar como el hombre primigenio lo que ve y siente, lo que ama y pierde. No escriba poesías de amor; sobre todo, apártese de las formas demasiado comunes y que se encuentran con facilidad: son las más difíciles, porque se necesita mucha madurez para aportar algo propio donde existen en cantidades buenas y, en parte, sobresalientes tradiciones. Por tal razón, líbrese de los motivos generales y tome los que le ofrece su diario devenir. Muestre sus tristezas y deseos, los pensamientos que acuden a su mente y su fe en algo bello; muestre todo eso con profunda sinceridad interior, serena, sumisa, y para expresarse, use los objetos de su entorno, imágenes de sus sueños y las cosas esenciales de sus recuerdos. Si su vida cotidiana le parece pobre, no la culpe, cúlpese a usted mismo, reconozca que no es lo suficiente poeta para encontrar en ella sus riquezas. En los creadores no cabe la pobreza, ni los lugares pobres e indiferentes. Y aunque usted estuviera en una cárcel sin poder percibir los rumores del mundo exterior, ¿ no tendría siempre su infancia, esa riqueza preciosa, grandiosa, fuente inagotable de recuerdos?. Regrese a ella su mirada. Intente aflorar las brumosas sensaciones de tan inmenso pasado; se fortalecerá su personalidad, se acrecentará su soledad y se hará un lugar a la sombra, en el cual el estrépito de los otros pasa de largo y lejano. Y si de ese regreso a lo interior, de ese adentrarse en su propio mundo brotan versos, no acuda a nadie para saber si sus versos son “buenos”. Tampoco intentará que las revistas literarias se interesen en sus trabajos, pues los verá como una preciosa propiedad natural, un pedazo y una voz de su vida. Una obra de arte es buena cuando surge de la necesidad de crearla. En esa naturaleza de origen está implícito el juicio; no hay otro. Por eso, mi querido señor, no podría darle otro consejo que este: penetrar en sí mismo y encontrar las cosas más profundas de su vida. Esa es la fuente en la cual usted encontrará la respuesta a su pregunta si debe crear; tómela como suene, sin explicaciones. Tal vez suceda que usted está llamado a ser artista. Si es así, acepte su destino y llévelo con su sufrimiento y su grandeza, sin preguntar jamás por la recompensa que hallará afuera. Pues el creador debe ser un mundo en sí mismo, encontrar todo en sí y en su propia naturaleza.

Tal vez después de esta comunión con su mundo interior y sus soledades, debe renunciar a ser poeta (sería suficiente, como he dicho, sentir que se puede vivir sin escribir, para definitivamente no hacerlo). De cualquier forma, tampoco habría sido en vano el recogimiento interior en que le insisto. En todo caso, partiendo de ahí, su vida encontrará sus propios caminos, y le deseo que sean dichosos, ricos y amplios, se lo deseo mucho más de lo que soy capaz de expresar. ¿ Qué más le diría?. Creo haber realzado todo en su debida forma. Para terminar, sólo deseo aconsejarle que progrese en su evolución en forma sosegada y sincera: no podría sufrir un deterioro más desastroso, si mira hacia el mundo exterior y espera de él una respuesta a preguntas que solamente podrá contestar desde su interior, acaso, en la hora más callada.

Ahora, le devuelvo los versos que me confió tan amistosamente. Agradezco de nuevo su cordialidad y confianza, de la cual, con esta sincera respuesta, dada en la mejor forma que sé, trato de hacerme un poco más digno de lo que en realidad soy, por mi condición de desconocido para usted. Con fervor e interés.

Rainer María Rilke.
Carta

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sábado, 10 de febrero de 2007

Párrafos iniciales de narraciones

Voy a matar a un hombre. No sé cómo se llama, no sé dónde vive, no tengo idea de su aspecto. Pero voy a encontrarle, y le mataré...
Este inicio, que me parece genial, pertenece a "LA BESTIA DEBE MORIR", de Nicholas Blake.

LA BESTIA DEBE MORIR fue la novela policial elegida por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares para iniciar el "Séptimo Círculo". ¿Cuántos le tomamos el gusto a la lectura con esa colección?

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Realidades culturales uruguayas

Este espacio recibirá opiniones y propuestas sobre los asuntos referidos.

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Vale la pena leer...

En este espacio se publican opiniones de los suscritores de VOCINGLEROS sobre libros que consideren valiosos, con indicación de sus características, edición y fundamentos de los juicios.

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